Hace más de diez años escribí en este blog sobre los jardines verticales. El artículo se titulaba Jardín colgante y nacía de una observación bastante sencilla: mientras nuestras ciudades crecían, se densificaban y ocupaban cada vez más territorio, nosotros intentábamos recuperar dentro de los edificios una pequeña parte de aquella naturaleza que habíamos ido dejando fuera.
Árboles, plantas, jardines verticales, cubiertas vegetales. La naturaleza comenzaba a entrar en nuestras viviendas y en nuestros lugares de trabajo, a veces como una necesidad, otras como un recurso estético y, en ocasiones, casi como una forma de nostalgia hacia lo rural, lo auténtico, lo natural.
Han pasado doce años y aquella reflexión ha vuelto a mi cabeza. Pero esta vez desde una perspectiva diferente. Porque quizá la pregunta no sea por qué necesitamos introducir naturaleza en nuestros edificios, sino por qué hemos llegado a necesitar introducirla.
Durante siglos, muchas arquitecturas no colocaron la naturaleza dentro del edificio como un elemento añadido. Construyeron alrededor de ella.
Antes de inventar la biofilia
Basta con observar una villa romana para encontrar una relación con el jardín que hoy nos resulta sorprendentemente contemporánea. El peristylum, ese patio interior rodeado de columnas, podía organizar buena parte de la vivienda. El jardín, acompañado en ocasiones por fuentes, esculturas y otros elementos ornamentales, no era simplemente algo que se contemplaba desde una habitación: formaba parte del recorrido y de la propia experiencia de habitar.
Por supuesto, no deberíamos atribuir a los romanos nuestras actuales teorías sobre bienestar o diseño biofílico. El jardín tenía también una dimensión social y representativa. Era una expresión de riqueza, cultura y posición. La capacidad de disponer de un espacio ajardinado, de mantenerlo y de incorporar agua a él constituía, en sí misma, una manifestación de estatus.
Pero reducirlo a una cuestión de apariencia sería igualmente insuficiente. Aquel espacio interior permitía introducir luz, vegetación y aire en el corazón de la vivienda y ofrecía una transición entre las estancias y el exterior. La arquitectura no se limitaba a contener el jardín: lo incorporaba a su manera de funcionar.
Algo parecido, aunque desde una cultura, unas necesidades climáticas y una concepción del espacio completamente diferentes, sucede en buena parte de la arquitectura islámica. Pensemos en un patio de la Alhambra o en un riad tradicional. El agua, la vegetación, la sombra y las galerías no son elementos independientes. Forman un conjunto.
El patio protege del exterior y, al mismo tiempo, lo introduce en el edificio. El agua aporta frescor, movimiento y sonido. La vegetación proporciona sombra y modifica la percepción del espacio. La galería permite recorrerlo protegido del sol o de la lluvia. La luz cambia a lo largo del día y se refleja en las superficies y en el agua.
Hoy hablaríamos de confort térmico, de experiencia multisensorial, de regulación ambiental o de diseño biofílico. Aquellas arquitecturas, sencillamente, respondían a su entorno y a las necesidades de quienes las habitaban.
Quizá una de las características más interesantes de estos espacios sea precisamente que no son completamente interiores ni completamente exteriores. Son espacios intermedios, lugares de transición donde la arquitectura deja de ser una frontera rígida y establece una relación gradual con la naturaleza.
El soportal, la galería, el claustro, el patio porticado. Todos ellos permiten caminar, permanecer, encontrarse o contemplar el jardín sin estar necesariamente expuestos a las condiciones del exterior.
No es difícil imaginar que, siglos antes de que habláramos de experiencia de usuario, alguien ya hubiera comprendido que recorrer un espacio protegido junto a un jardín mientras llueve puede ser una experiencia considerablemente más agradable que atravesar directamente el exterior.
El problema del metro cuadrado
La cuestión cambia cuando llegamos a la ciudad contemporánea.
Hoy el suelo tiene un valor que condiciona profundamente la arquitectura. Y esa condición resulta especialmente evidente en los edificios destinados a hospitality. En un hotel situado en un centro histórico, por ejemplo, podemos encontrarnos con un patio que forma parte de la arquitectura existente. Rehabilitarlo implica trabajar con él, respetar sus proporciones, sus recorridos y, en muchos casos, su propia condición patrimonial.
La idea no ha desaparecido. Simplemente ha cambiado de escala y de lenguaje. En Granada, por ejemplo, el jardín del Hospes Palacio de los Patos conserva esa relación entre vegetación, agua y arquitectura, pero el espacio ya no pertenece a una residencia palaciega: forma parte de un hotel contemporáneo, donde el jardín es también terraza, restaurante y escenario para eventos.
En Madrid encontramos una situación todavía más explícita. En CoolRooms Palacio de Atocha, el antiguo patio del palacio se ha convertido en parte activa de la explotación hotelera: restaurante, terraza, brunch, piscina, cócteles... El vacío arquitectónico no ha desaparecido para hacer sitio a una actividad rentable.
Se ha convertido en la actividad.
Podemos construir un patio o podemos construir habitaciones.
Podemos reservar una superficie para vegetación, agua y espacios de estancia, o utilizar esos mismos metros cuadrados para aumentar la superficie rentable del edificio.
Pero en un edificio de nueva construcción la decisión es otra.
Y entonces aparece una pregunta que quizá resulte menos poética, pero que es inevitable:
¿Cuánto tiene que producir un espacio que no se vende?
Hace algún tiempo escribía en LinkedIn cuánto dinero debería producir cada metro cuadrado. La pregunta adquiere ahora una nueva dimensión. Porque tendemos a medir la rentabilidad de un espacio por aquello que puede vender directamente: una habitación, una mesa de restaurante, un puesto de trabajo, un local.
Sin embargo, no todos los metros cuadrados producen valor de esa manera.
Un patio de un hotel puede no vender una habitación, pero puede aumentar el atractivo de las habitaciones que lo rodean. Puede convertirse en terraza para el desayuno, en restaurante, en bar o en escenario para un evento. Puede ser un lugar de descanso o de encuentro, una pieza reconocible de la identidad del establecimiento o uno de esos espacios que terminan apareciendo repetidamente en las fotografías de quienes lo visitan.
También puede contribuir a la calidad ambiental del edificio. Dependiendo de su orientación, configuración y clima, la incorporación de vegetación, sombra, agua, iluminación natural o ventilación puede formar parte de una estrategia pasiva destinada a mejorar el comportamiento energético y el confort.
De repente, aquellos metros cuadrados que desde una perspectiva exclusivamente inmobiliaria podían parecer improductivos empiezan a participar en una cadena de valor mucho más amplia.
No necesariamente generan ingresos directamente. Hacen que otros espacios puedan generar más valor.
Y esa diferencia es fundamental.
Cuando la experiencia encuentra a la operación
Quizá hemos hablado demasiado de la experiencia como si esta terminara en la percepción del usuario. Un espacio resulta agradable, acogedor, memorable; produce bienestar y, por tanto, consideramos que el objetivo está cumplido.
Pero en un edificio en funcionamiento siempre existe algo detrás de esa experiencia: una operación.
Alguien tiene que limpiar el espacio, mantenerlo, iluminarlo, regarlo, climatizarlo cuando corresponda y gestionar las actividades que allí se desarrollan. En un hotel, además, cada decisión espacial termina relacionándose de una manera u otra con el negocio.
Por eso, cuando incorporamos naturaleza a un proyecto, la pregunta no debería limitarse a qué sentirá el huésped.
También deberíamos preguntarnos qué hará allí.
Y qué hará el hotel con ese espacio.
Un patio puede ser contemplativo por la mañana y convertirse en una terraza de desayuno unas horas después. Puede transformarse en un espacio de reunión durante el día y acoger un evento por la noche. Una cubierta ajardinada puede aportar beneficios ambientales y, al mismo tiempo, convertirse en un activo para el establecimiento. Una galería puede ser un elemento arquitectónico, pero también un recorrido, una zona de estancia o una extensión de otros usos.
Es en ese punto donde el diseño de la experiencia deja de ser únicamente una cuestión perceptiva y empieza a relacionarse con la operación.
Experiencia y operación no son dos mundos independientes.
Entre ambas existe el espacio.
¿Naturaleza incorporada o arquitectura que convive con ella?
Existe una diferencia entre colocar naturaleza en un edificio y diseñar un edificio que funcione con la naturaleza.
Podemos terminar una construcción y añadir plantas, jardines verticales o una cubierta vegetal. Es una posibilidad perfectamente válida y, en determinadas circunstancias, puede aportar mucho valor.
Pero existe otra posibilidad más ambiciosa: comenzar el proyecto pensando en la orientación, la luz, la sombra, el agua, la vegetación, la ventilación, los espacios intermedios y la relación entre interior y exterior como parte de un mismo sistema.
En ese caso, la naturaleza deja de ser un acabado.
Pasa a formar parte de la arquitectura.
Y quizá sea aquí donde podamos mirar de nuevo hacia atrás sin caer en la tentación de idealizar el pasado. Las villas romanas, los patios islámicos, los claustros o tantas arquitecturas tradicionales mediterráneas no son modelos que debamos copiar literalmente. Responden a otras sociedades, otras tecnologías y otras necesidades.
Pero sí nos recuerdan algo que quizá hemos olvidado: que el confort no siempre se consigue aislándonos completamente del exterior. A veces se consigue modulando nuestra relación con él.
Una sombra, una fuente, un jardín, una galería, una corriente de aire o un espacio de transición pueden ser mucho más que recursos decorativos.
Pueden ser arquitectura.
El valor de un vacío
Tal vez por eso resulte interesante volver a mirar los patios.
Estamos acostumbrados a valorar lo construido. Habitaciones, salones, restaurantes, oficinas, locales. Superficies que podemos medir, vender y rentabilizar.
El patio, en cambio, es un vacío.
Pero un vacío diseñado.
Un espacio que organiza otros espacios, que establece recorridos, introduce luz, permite incorporar vegetación, genera relaciones visuales y puede convertirse en escenario de actividades que difícilmente tendrían lugar de la misma manera en un espacio cerrado.
Por eso quizá la pregunta no debería ser cuánto cuesta construir un patio, sino qué valor es capaz de generar para el conjunto del edificio.
En 2014 mi respuesta habría sido introducir la naturaleza dentro del edificio.
Entonces hablábamos de nuestra necesidad de llevar la naturaleza al interior...
Hoy me pregunto si la cuestión podría ser justamente la contraria.
Quizá no necesitemos seguir buscando maneras de introducir pequeñas dosis de naturaleza en edificios diseñados al margen de ella.
Quizá debamos recuperar la capacidad de proyectar espacios en los que arquitectura, naturaleza y actividad formen parte de una misma lógica.
Porque un jardín puede ser bello.
Puede producir bienestar.
Puede mejorar una experiencia.
Pero también puede dar sombra, regular un microclima, organizar un recorrido, generar una actividad, reforzar una marca o hacer más valiosos los espacios que lo rodean.
Y entonces aquel metro cuadrado que decidimos no construir deja de ser simplemente un coste de oportunidad.
Quizá el vacío también se diseña. Y quizá también produce valor.

































